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LAS CLAVES DEL EXITO
(Publicado el dia domingo 4 de julio de 2010 en el diario Ultima Hora de Paraguay)
En medio de tantos discursos, "coachings ontológicos", gurúes, prestidigitadores, adivinos, augures o pitonisas de distintos tipos sin descontar a parasicólogos y prestidigitadores, es evidente que debemos volver a las fuentes cuando tantas tribulaciones e incertidumbres nos impiden ver el futuro. Filadelfia acaba de cumplir 80 años y es más próspera que cientos de ciudades ubicadas en mejores lugares geográficos que el Chaco. Les va bien, diría algo más: les va tan bien que se han convertido en abastecedores de productos fundamentales no solo para el Paraguay, sino también para los vecinos del Norte y del Este.

Las claves de su éxito no requieren mucho esfuerzo ubicarlas: trabajo, disciplina, orden, cumplimiento de la norma y una ética orientada a realizarse en una producción bien hecha. Nada... o todo dependiendo como lo miremos. Si eso mismo replicáramos en nuestra vida cotidiana no habría obstáculos que no pudiéramos vencer.

Sin embargo, la vida cotidiana en el Paraguay no se deja llevar por esos valores, sino por todo lo opuesto: desorganización, indisciplina, falta de rigor, ausencia de compromiso o voluntad y por sobre un desprecio a la inteligencia en el siglo, donde ella constituye dos terceras partes de la riqueza mundial.

En la administración pública, nadie quiere hacer lo que se debe hacer. Establecer un mecanismo de selección que permita que los mejores administren, controlen y ejecuten las políticas de Estado.

En el país el problema no es más impuestos, si con lo que tenemos no sabemos qué hacer más que robar o mal administrar... que es lo mismo. Más presión tributaria implicaría más nepotismo, clientelismo o amiguismo y todo eso no lo queremos.

Si el Gobierno se comprometiera con la reforma del Estado y el cambio, otra sería la respuesta de la gente; pero, si sigue haciendo las cosas como siempre, ¿por qué debería la sociedad comportarse de manera distinta? Volvemos casi siempre a lo mismo. La educación es mala en Paraguay, a los maestros -muy pocos en realidad-, les gusta enseñar y están dispuestos a ser evaluados cada cierto tiempo para ver la calidad de su enseñanza, porque hoy importa tanto cómo enseñamos y qué enseñamos.

El cumplimiento de la norma es bajísimo y la impunidad demasiado alta para convertir a la ley en algo previsible para todos. El debate político es tan pobre que el aburrimiento del discurso presidencial tiene que ser saldado con los dislates de Jaeggli o los arrumacos de la diputada Masi con su esposo el ministro del Interior. Nada importa, ni las formas ni los lugares ni la pedagogía cívica.

Por eso el éxito en el país es callado, aburrido y lejano. Solo a veces la selección de fútbol nos recuerda que se puede llegar lejos, solo con cumplir las leyes de la FIFA, admitir sus fallos en Zúrich y nacionalizar a los más capaces sin importar si hablan guaraní o no.

En definitiva, las claves del éxito las tenemos a la vuelta de la esquina, entre nosotros, al lado nuestro..., pero nos empeñamos en reproducir la chacota, la joda y el vai vai, como si fuera eso absolutamente parte de nuestra matriz nacional. Cuando esos antivalores representen el fracaso, quizá en ese momento retornaremos a la seriedad, la responsabilidad, el trabajo, el esfuerzo, el compromiso y la voluntad.

Mientras tanto consumiremos lácteos de los menonitas y festejaremos los éxitos deportivos sin preguntarnos por qué a ellos les va bien y a la gran mayoría les va mal.