En Israel nadie puede sustraerse a la política, la religión, el debate sobre el sinoismo y las relación con los primos árabes...
Hay una expresión en yiddish que dice que “ser judío es una cosa complicada”. La cuestión parece tener razón cuando uno profundiza la vida de esta nación conformada por 6 millones y medio de judíos venidos de distintas partes del mundo y que buscan armonizar las diferencias y celos entre sefaradíes y askenazíes y, que todavía debaten-como todas las cosas en este país- de manera ardorosa quién en verdad es judío. Una nación donde la religión es un elemento de unidad pero de tensión.
Donde los límites han sido rebasados y los burócratas se quejan amargamente de que nada puede ser implementado con planificación porque los gobiernos cambian de manera permanente e impiden la realización de cualquier política de largo plazo como las que quiere emprender el Ministerio de Seguridad Pública en vecindarios donde el alcohol primero, la ruptura familiar después y la pérdida del sentido de los límites han llevado a implementar programas comunitarios que impidan que la inseguridad interna termine por constituirse un problema complejo y de difícil solución.
No pueden impedir que haya 24 000 presos en sus cárceles, que el salario de los policías sea bajo y que por la inequitativa distribución de la riqueza se elevan las cifras del crimen y el delito.
Los 24 000 policías no son suficientes y han decidido realizar tareas preventivas con jóvenes que podrían ser potenciales criminales a través de programas de deportes en comunidades. Es una forma preventiva ante el delito que esperan dé resultados positivos.
Nadie puede sustraerse a la política, la religión, el debate sobre el sionismo y la relación con los primos árabes con quienes han compartido este territorio por miles de años y que se miran de soslayo y con temores propios de una relación conflictiva montada sobre una política que lo orienta todo hacia el conflicto y no a la pacificación.
Israel es el hogar de millones de seres de distintos orígenes y con visiones tan distintas que solo pueden convivir en la “anarquía exasperante” de la democracia y la unidad ante el enemigo común.
Un país donde cada cosa admite más de una definición pero del que es imposible sustraerse ante la complejidad de su historia por donde pasaron decenas de culturas en las que la fuerza ha logrado ocupar pero no imponerse.
Hoy lucha contra renovados fantasmas. Algunos externos ya conocidos pero otros al interior que levantan su voz ante un Gobierno forzado siempre a negociar para gobernar lo que a veces constituye su debilidad, pero en una región tan convulsionada toda una carta de presentación diferente con la que juegan con inteligencia y fortaleza. Pero nada impide que dos judíos conversando tengan incluso tres opiniones distintas.